Las cosas celestiales Por tanto, era necesario que las copias de las cosas celestiales fueran purificadas con estos ritos, pero las cosas celestiales mismas con mejores sacrificios que estos. Porque Cristo no entró en lugares santos hechos por manos humanas, que son copias de las cosas verdaderas, sino en el cielo mismo, para presentarse ahora ante la presencia de Dios en nuestro favor. Tampoco entró para ofrecerse a sí mismo repetidamente, como el sumo sacerdote entra cada año en el lugar santo con sangre ajena; pues de ser así, habría tenido que padecer muchas veces desde la fundación del mundo. Pero ahora, él se ha manifestado una sola vez, al final de los tiempos, para quitar el pecado mediante el sacrificio de sí mismo. Y así como está establecido para los hombres que mueran una sola vez, y después de esto venga el juicio, así también Cristo, habiendo sido ofrecido una sola vez para llevar los pecados de muchos, aparecerá por segunda vez, ya no para tratar con el pecado, sino para salvar a aquellos que le esperan con anhelo. (Hebreos 9:23-28) Antes del Nuevo Pacto, Dios ya había establecido cuatro pactos, tal como se describe a continuación. El pacto noéico con Noé: «Porque he aquí que yo traigo un diluvio de aguas sobre la tierra, para destruir toda carne en que haya aliento de vida debajo del cielo; todo lo que hay en la tierra morirá. Pero estableceré mi pacto contigo, y entrarás en el arca tú, tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo». (Génesis 6:17-18) El pacto abrahámico con Abraham: En aquel día, el Señor hizo un pacto con Abram, diciendo: «A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río, el río Éufrates: la tierra de los quenitas, los quenizitas, los cadmoneos, los heteos, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos». (Génesis 15:18-21) El pacto mosaico con Moisés y los israelitas: Y él os anunció su pacto, el cual os mandó poner por obra, es decir, los Diez Mandamientos, y los escribió en dos tablas de piedra. Y el Señor me mandó en aquel tiempo que os enseñara estatutos y normas, a fin de que los pusierais por obra en la tierra a la que vais a pasar para tomar posesión de ella. (Deuteronomio 4:13-14) El pacto davídico con David y Salomón: Y en cuanto a ti, si anduvieres delante de mí como anduvo David tu padre, haciendo conforme a todo lo que te he mandado y guardando mis estatutos y mis normas, entonces yo afirmaré tu trono real, tal como pacté con David tu padre, diciendo: «No te faltará varón que gobierne a Israel». (2 Crónicas 7:17-18) Todos esos pactos fueron establecidos para la redención. Para redimir los pecados, todos ellos requerían sangre, pues solo la sangre puede purificar los pecados. Sin embargo, solo el Nuevo Pacto perduraría para siempre, ya que no solo fue mediado por el Santo Sumo Sacerdote, Cristo mismo, con su propia sangre santa, sino que él también está presente a nuestro favor ante Dios en el cielo. Esto también se describe en la Biblia de la siguiente manera: Y vi, en medio del trono y de los cuatro seres vivientes y en medio de los ancianos, a un Cordero en pie, como inmolado, que tenía siete cuernos y siete ojos, los cuales son los siete espíritus de Dios enviados por toda la tierra. Y él vino y tomó el libro de la mano derecha del que estaba sentado en el trono. Y cuando hubo tomado el libro, los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos se postraron delante del Cordero; todos tenían arpas y copas de oro llenas de incienso, que son las oraciones de los santos. Y cantaban un cántico nuevo, diciendo: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste inmolado, y con tu sangre redimiste para Dios a gente de toda tribu, lengua, pueblo y nación; y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios, y reinarán sobre la tierra». (Apocalipsis 5:6-10) La sangre no solo nos redimió, sino que también nos hizo un reino y sacerdotes para nuestro Dios, para reinar sobre la tierra. Jesucristo mismo proclamó también el cumplimiento de la salvación del Nuevo Pacto en la sinagoga, en día de reposo, tal como se describe a continuación. Y se le entregó el libro del profeta Isaías. Desenrrolló el libro y halló el lugar donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos y vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar el año agradable del Señor». Y enrollando el libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros». (Lucas 4:17-21) En su profecía, Isaías no solo anunció las bendiciones de la primera venida de Cristo —tal como Jesús leyó—, sino también las bendiciones de su segunda venida, que son aún más abundantes y gloriosas. Si ya hemos sido salvos mediante la redención de la primera venida de Cristo, entonces debemos aguardar con mayor anhelo la gloria celestial de su segunda venida. Emanuel. (Para volver, seleccione <- en la barra de herramientas)